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Historia

Patoruzú, el Superhéroe Argentino

 


  El trazo muestra a un indio de nariz larga y cuerpo grande, inflado y levemente encorvado, al que cubre un poncho raído con un parche en la espalda.

No lleva pluma y sus pantalones caen apenas unos centímetros por debajo de sus rodillas. Camina en ojotas, con aire abatido. Como sorprendido por un chistido del dibujante, mira hacia atrás "Mañana debuta el indio", dice el anuncio que acompaña al dibujo en el diario Crítica.

Paturuzú, y su fiel Pamperito. Mañana es 19 de octubre de 1928. El indio tiene 71 años y su creador, Dante Quinterno, fue homenajeado por sus 90.

Ni un solo elemento de esa primera imagen delata que ese indio nacido como Curugua-Cungüaguigua vaya a atravesar sucesivas generaciones de argentinos hasta convertirse en un superhéroe autóctono, un icono más que un personaje, sinónimo de generosidad, riqueza y nobleza, virtudes que alguna ideología considera constituyentes de la argentinidad.

Curugua-Cungüaguigua, "último vástago de los tehuelches gigantes", había nacido como protegido de Don Gil Contento, protagonista de la historieta homónima que Dante Quinterno empezó a publicar en Crítica en 1927.

El indio había quedado huérfano por "la muerte de su tutor y patrón" Don Gil se ve obligado a adoptarlo. Por suerte para los lectores, en el primer cuadro del día del debut, Quinterno le hace decir a Don Gil: "Por fin llegaste, Patoruzú te bautizo con ese nombre porque el tuyo me descoyunta las mandíbulas".

En su libro Releyendo Patoruzú, Susana Muzio señala que fue Muzio Sáenz Peña quien advirtió que "con ese nombre no va a ningún lado".

Entendió que debía ser un nombre "criollo, pegadizo, como la pasta de Oruzu". Esa pasta era una suerte de golosina muy popular.

La tira desapareció el mismo día del debut, nadie sabe por qué. De todos modos en esa aparición única se desgrana el conflicto que nunca dejará la tira la lucha entre el ingenuo -"un poco lelo", lo califica Musito- y el aprovechados entre lo noble y lo perverso, entre el Bien y el Mal.

En los 17 cuadros iniciáticos el indio patagónico recibe lecciones de civilización. Su tutor le enseña cómo se enciende la luz eléctrica, le explica que en Buenos Aires "la sopa se toma con cuchara y abundan los taxis-colectivos".

Aparece también el primer antecedente de las avivadas que caracterizarán a su padrino Isidoro Cañones en el momento en que Don Gil, de quien se espera que lo guíe y proteja, intenta robarle unas bolsas con pepitas de oro con el argumento de que "no sirven para nada".

Al final de la tira, el tutor reflexiona "Que injusto es el mundo ¡Tanto oro en manos de un indio tan bruto!".

Patoruzú reaparecerá dos meses después en la tira Don Julián de Montepío, publicada por Quinterno en La Razón. Es parte de la herencia millonaria que un tío de la Patagonia le deja a Julián, porteño prototípico, de pose altanera y sobradora.

Se sabe que Quinterno no da reportajes desde 1931. Aquella vez explicó "Encontré a Patoruzú después de haber estudiado la psicología de los indios que sobreviven en el país, y me intereso especialmente el más bonachón e ingenuo".

Un Superhéroe Argentino

Con el paso del tiempo Quinterno vuelve a contar el origen de Patoruzú. Lo ubica como perteneciente a la dinastía de los Patoruzek y va definiendo su carácter.

Irascible, incorruptible, sus poderes devienen tanto de ciertas propiedades de las bestias -como un gran olfato, que utiliza como un animal de caza-, de un factor natural -lo hereditario y las bondades de los baños termales- y de lo mágico, lo fantástico, propio de la convención literaria Puede provocar tornados con su soplido Puede tirar un centro y a la vez cabecear.

El indio que inventó un argot -huija y canejo fueron sus expresiones de alegría y desaprobación- fue un fenómeno de masas durante décadas. Con revista propia desde 1936. En los 40 y los 50, las revistas de Patoruzú llegaron a vender 400.000 ejemplares.

Para muchas familias el Libro de Oro estuvo asociado, como la sidra y el pan dulce, a las fiestas de fin de año. Los personajes que fueron naciendo -el coronel Cañones, Upa, Patora, Ñancul- se fueron instalando a veces como sobrenombres molestos, otras, como sinónimo de calidad. Quien no ha visto casas de empanadas llamadas "La Chacha".

En Leyendo historietas el semiólogo y escritor Oscar Steimberg da cuenta de los prejuicios de la historieta, "El gitano es traicionero y mentiroso, el judío es ávido, mezquino", señala. Pero la crítica ideológica se enfrenta a las razones del corazón.

Fontanarrosa inventa una respuesta a la pregunta de dónde sacó tanta riqueza el indio devenido estanciero "Ocurre que los indios, simplemente, fueron desde siempre los dueños de la tierra ".

 


Fuente: Diario Clarín.

 



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