Comodoro Rivadavia - Chubut Argentina
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La Tumba de Patoruzú II
 


La Tumba de Patoruzú.

Estoy en casa son las 02:14 Hs. del Miércoles 8 de Septiembre de 2004, y trato de recordar el segundo viaje que realice hace casi un año a "La Tumba de Patoruzú".

Este nuevo relato lo tendría que haber publicado a mas tardar una semana de haber cumplido con la meta, pero los avatares de la vida me llevaron a posponerlo una y otra vez.

Desde hace unos días siento la necesidad de publicarla, aunque la memoria me traicione. Tengo un plazo para ello, antes de este próximo 11 de Septiembre. No entiendo bien porque, pero siento que debo hacerlo.

Recuerdo que una semana antes de ese 9 de Octubre del 2003 no cesaba de llover, los días eran fríos y las tardes plomizas. A pesar de la inclemencia del tiempo tenía la necesidad de volver a la meseta que domina el paisaje a pocos kilómetros de "La Lobería".

De acuerdo a la experiencia ganada durante la anterior visita, fui preparando los pertrechos que llevaría. Esta vez tendría en cuenta los elementos que en la anterior incursión omití. Mas ropa de abrigo, de acuerdo al momento imperante, una linterna, fósforos, lápiz, papel, ...

Mi familia, con mis padres a la cabeza, siempre fue amante de la naturaleza y por años acampábamos durante las vacaciones en las tierras de nuestra querida Patagonia. Poseíamos una carpa "Cacique", esa para seis personas de pura lona.

En un momento de lucidez se me ocurrió llevar el cubre techo, ya que a falta de una carpa acorde a la empresa, podría utilizarla para protegerme si el meteoro continuaba.

El día llegó, hacía frío, a pesar que ya eran las 11 Hs., me dirigí como la ultima vez a la Terminal de Transportes de Comodoro Rivadavia. Tomé el colectivo que a la hora fijada partió con rumbo a la Ciudad de Caleta Olivia.

Luego de unos 30 minutos de marcha empecé a divisar la majestuosa figura de tan representativa mole que se yergue frente a ese páramo. Al tomar la última curva, antes de entrar a la recta que se dibuja frente a la meseta, me acerque al conductor y le pedí que se detuviera para poder apearme.

Ahí tome contacto con la realidad imperante, el conductor debió recorrer mas espacio que el acostumbrado para detener el móvil, y recién cuando casi se detuvo pudo ingresar a la banquina. El terreno estaba por demás complicado sobre todo para un colectivo de ese porte.

Luego de agradecer la deferencia y de explicar por que me dirigía a ese lugar, me baje.

Una de las previsiones que había tomado esta vez era la calzar un par de viejos borceguíes que tengo desde los 17 años y que me acompañaron a muchos lugares. Son livianos, de puro cuero, poca suela de goma ... el típico borcegui de llanura ...

El año anterior había realizado la caminata en zapatillas, esta vez y tomando como referencia el clima decidí por este calzado. Además de protegerme del barro y el frío me permitiría proteger mis tobillos, ya que por mi torpeza al caminar suelo sufrir esguinces.

El paisaje era diferente al que recordaba; debido a la humedad, los pastos amarillentos habían sido relegados por una vegetación de deslumbrante verdor. Las ovejas pastaban por doquier. Me alegre por ellas, ya que tenían alimento suficiente para esa época del año.

Esta vez no tenía que detenerme a pensar que ruta seguir, tome la misma del año anterior. Los tiempos empleados fueron similares. Solo que esta vez a medida que trepaba por el Oeste de la meseta me arrepentía de haber llevado el cubretecho de la carpa de lona. Pesa tonelada y media, y a medida que ascendía aumentaba 100 kg. por cada paso que daba.

Al fin hice cumbre, si me permiten la licencia.

Rápidamente y luego de recuperar el aliento me dirigí al lugar donde hice campamento la vez anterior. Entre los arbustos apareció una madre con sus borregos. Me dio un tanto de envidia la facilidad con la cual se mueven por esos lares. Con mi torpeza debido al peso que llevaba y al cansancio que me embargaba por fin llegue al este de la meseta.

En el mástil que se yergue apoyé, como la vez anterior la mochila, y procedí a descansar unos minutos. Luego de ello me comunique con mi familia a través de un celular para darles la noticia de donde me encontraba.

Instalado al borde del precipicio les describía el paisaje que contemplaba a mis pies, las ovejas pastando, unos guanacos y el magnífico Mar Argentino.

Al término de la comunicación procedí a almorzar unos emparedados que armé con pan fresco y fiambre.

Al promediar la tarde y a pesar del frío reinante dedique tiempo a comunicarme con el Ser Superior, y dar gracias por lo que estaba viviendo. Creo que esto, en definitiva, es el motor que me mueve a volver una y otra vez a este lugar. Un lugar donde a pesar de los diferentes climas que me han acompañado me permiten acercarme a la naturaleza y por ende realizar una introspección que me acerque a la verdad para poder realizarme en una mejor persona. Confío que con el tiempo pueda lograrlo.

Ya entrada la tarde y luego de reconocer las inmediaciones mas de una vez emprendí el regreso hacia la ruta. Lamentablemente calcule mal los tiempos, por lo tanto llegué a la ruta cuando se presentaba la noche.

Por suerte esta vez llevaba una linterna, la idea era de utilizarla para hacer señales a los colectivos para detenerlos. Como si el destino hubiese decidido algo mas, y a pesar de contar con el medio para hacer señales visuales no logre mi cometido.

Creo que eran cerca de las nueve de la noche, ya que desde hace unos tres años no cuento con un reloj, cuando tomé la decisión de ir a la playa para pasar la noche.

Elegí ese lugar ya que el canto rodado era la mejor opción, pues el resto del terreno debido a las lluvias estaba anegado.

Encontré una zona donde pude establecerme. Esa fue la noche mas fría que debí soportar en muchos años. Ahí me alegre de haber llevado el cubre techo de lona, ya que lo utilice para envolverme en él y así atemperar las inclemencias del tiempo.

A pesar de ello y de estar por demás abrigado, cada quince minutos debía cambiar de posición para así no exponer mas de lo necesario la parte del cuerpo que se encontraba apoyado sobre las heladas piedras del suelo.

El frío calaba los huesos, y por mucho que quería no podía conciliar el sueño. Las horas no transcurrían. Mil vueltas y una vuelta di hasta que amaneció.

El cuerpo desacostumbrado a tal empresa me pedía a gritos que levantara el campamento lo mas pronto posible para dirigirme nuevamente a la ruta a tratar de que algún medio de transporte me devuelva a Comodoro.

A las 10 Hs. y luego de un par de intentos fallidos, finalmente un colectivo se digno a detenerse. Una vez mas y ya al abrigo del clima comencé a planear el próximo viaje.  


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