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Un ser vivo de 2.600 años en el Parque Nacional Los Alerces
 


En el Alerzal Milenario hay árboles de más de 2.600 años.

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  • Ya pasó el frío helado en la cara al navegar por el lago Menéndez. Atrás quedó la vista del glaciar Torrecillas como una lengua blanca que lame la montaña. Al bajar en el Puerto Sagrario comienza la caminata por el Alerzal Milenario, en el noroeste de Chubut. Un cartel indica los datos técnicos: “Nombre, fitzroya cupressoides o lahuan (abuelo) para los mapuches. Edad aproximada, 2.600 años. Altura: 57 metros”. La mirada se pierde en la base ancha del tronco, que se va angostando y forma un gran cono; las hojas son como ramilletes y la corteza se quiebra como un hojaldre.

    Es inevitable intentar mensurar la edad de los árboles durante la excursión por el Parque Nacional Los Alerces, que en julio fue declarado por Unesco “Sitio Patrimonio Mundial” ¿Cuánto vivió este árbol? Alguien juega a decir: “Nació más de 500 años antes que Cristo”. Las comparaciones pueden seguir hasta el infinito. Pero quizá la frase más poderosa es la de una guardaparques, que no hace foco en su edad sino en su carácter activo. “Es un árbol que todavía está semillando. O sea, sigue dando hijos”.

    Visitar el Alerzal Milenario es sólo una parte en la excursión más simbólica del parque, que tiene casi 260 mil hectáreas ubicadas en el oeste de Chubut, en el límite con Chile. En la caminata de un kilómetro y medio se llega a las potentes cascadas del río Cisne. Los bosques húmedos de la selva valdiviana regalan un paisaje de lianas y enredaderas; un escenario prístino en el que se pueden ver las ramas de un coihue abrazando a un alerce. O el vuelo silencioso y solitario de un cóndor sobre la piel espesa del bosque húmedo.

    Con la distinción al parque, la Unesco buscó preservar este bosque andino patagónico y a la segunda especie más longeva del mundo.

    “La primera es un pino norteamericano. No es fácil saber su edad exacta. Un análisis realizado en Chile determinó que algunos llegan a los 3.600 años. Los anillos del árbol, además de marcar la edad, son un registro del paleoclima; es decir, registran las épocas de lluvia a lo largo de su vida. Uno podría reconstruir esos índices a partir de la información que brinda el árbol”, cuenta Martín Izquierdo, biólogo e integrante del equipo de Conservación del Parque Nacional Los Alerces. “Además -agrega sobre el árbol cuya madera no se pudre- tiene un uso cultural y ancestral para los mapuches, que la consideraban una especie sagrada. Estos bosques son milenarios y cada vez son más escasos. Muestran una estabilidad en el ambiente por miles de años. Por eso pudieron resistir el paso del tiempo”.

    Dentro de los límites del parque, la Villa Futalaufquen es el punto de partida para recorrerlo. En el camino, el amarillo de la retama se mezcla con los picos nevados y el lago Futalaufquen. El relato de los guardaparques está repleto de imágenes de pumas y huemules, de especies autóctonas y traídas por el hombre. Las vistas más bonitas del parque se logran desde el mirador del río Arrayanes. Y el resto del día se puede disfrutar con actividades de trekking -hay 40 sendas habilitadas-, avistaje de aves, bajadas en kayak, pesca y cabalgatas.

    “Hago el mismo recorrido que vienen realizando los pobladores desde hace 120 años”, cuenta Lucas Rosales, poblador del parque y miembro de una de las familias más tradicionales de la zona. Él organiza una excursión a caballo de doce horas -también hace paseos más cortos-, en la que lleva a los turistas a la “veranada” (arrear al ganado a un punto más beneficioso para el pastoreo) en la zona de Bahía Anacleto Rosales.

    Trevelin y Esquel, ubicadas a 25 kilómetros entre sí, son las ciudades elegidas para hacer base antes de las excursiones por el parque. Y las alternativas no se acaban en el perímetro de Los Alerces. En la primera localidad, Viñas del Nant y Fall experimenta con vinos en una zona inédita para la Argentina, con sus primeras producciones de pinot noir.

    También en Trevelin está La Mutisia, una casa que sigue la vieja tradición del té galés, con pan con manteca, torta galesa y otra delicia de crema de leche y salsa de vainilla.

    El restaurante García, de la hostería Quimé Quipan, prepara gigot de borrego y tiene como entrada una delicada panera con pan de remolacha y ahumado de trucha. Los ventanales inmensos dan al Lago Futalaufquen. De vuelta a casa, se ven a los lejos los colores que regala el inicio la Cordillera de los Andes.

    Pero hay una imagen que tardará mucho en irse: el alerce con su porte envarado. El aura de un ser vivo de 2.600 años. Y la frase obvia, pero no por eso menos poderosa: “Ese árbol sigue semillando”.
     


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    «Por los senderos del Parque Los Alerces -Esquel-»: 04:08
    En la margen derecha del Lago Futalaufquen se puede disfrutar el paisaje caminando por los senderos en el bosque, aquí "Lana Carancha" se divirtió mas que nosotros.
    Enero 2011. Esquel, Chubut, Argentina.  



     
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